LA EXTRAÑA CONVIVENCIA DEL ORGULLO Y LA VERGÜENZA EN EL PARQUE DE CHAPULTEPEC

This postcard is a translation of an article that I wrote for Cultura Colectiva which was published on February 19, 2019. You can read the English version at  https://culturacolectiva.com/history/los-pinos-museum-chapultepec-mexican-presidential-residence

 

En el Parque de Chapultepec late el corazón cultural de la Ciudad de México. Cada domingo, cientos de miles de citadinos y turistas acuden a sus espacios verdes a pasear por el pasado precolombino del país en el Museo Nacional de Antropología y a admirar las bellas artes en los museos de Arte Moderno y Contemporáneo. Sobre este festín cultural se levanta el más venerable de todos: El Castillo de Chapultepec, majestuoso, contemplando como viejo centinela la eternamente brumosa Ciudad de México.

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Castillo de Chapultepec, Ciudad de México. Foto: Álvaro Ramírez

El Castillo se construyó como casa de verano para los virreyes que representaban la Corona Española en la Nueva España. En 1841, después de la victoria del movimiento de independencia, se convirtió en un academia militar. Luego, durante el Segundo Imperio Mexicano, fue la residencia del Emperador Maximiliano y su esposa, Carlota. En 1882, el Presidente Manuel González declaró el Castillo como residencia oficial del Presidente.

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Castillo de Chapultepec, Ciudad de México. Foto: Álvaro Ramírez

Pero en 1939, el Presidente Lázaro Cárdenas lo convirtió en museo, ya que lo consideraba bastante ostentoso para una residencia presidencial. En esos días de simbolismo revolucionario, el Presidente Cárdenas decidió mudar la residencia del Primer Mandatario a la parte oeste del parque, una zona que se le nombró Los Pinos. El Castillo fue transformado en el Museo de Historia Nacional donde se aloja la Historia Oficial de México.

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Castillo de Chapultepec, Ciudad de México. Foto: Álvaro Ramírez

En el primero de diciembre del 2018, el recién elegido Presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) optó por no residir en Los Pinos, sino vivir como un ciudadano cualquiera en un modesto departamento y declaró la vieja residencia presidencial como museo.

A primera vista, AMLO pareciera estar siguiendo los pasos de Cárdenas a quien admira como héroe revolucionario. Sin embargo, una mirada más detenida demuestra cómo el Castillo y Los Pinos contienen significados muy diferentes para los millones de mexicanos que visitan el Parque de Chapultepec cada año.

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Monumento a los Niños Héroes. Ciudad de México. Foto: Alvaro Ramírez

Desde su inicio como museo, el Castillo ha tenido una función principal, la de inculcar orgullo nacional en la gente mexicana. No es sorprendente que la mayoría de visitantes sean niños y niñas que siempre se detienen a tomar fotos enfrente del Monumento a los Niños Héroes, quienes supuestamente sacrificaron sus vidas en aras de la nación al final de la Invasión Norteamericana en 1847. A la entrada, los espera un mural que representa el momento en que Juan Escutia se lanza desde lo alto envuelto en la bandera mexicana. Luego, los niños y niñas pasan por las salas de la historia que terminan con la victoriosa Revolución de 1910. La visita tiene una fuerte sensación de experiencia religiosa, de ahí que las visitas se hagan los domingos.

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Castillo de Chapultepec, Ciudad de Mexico. Foto: Álvaro Ramírez

En Los Pinos, el encuentro con la historia es de otra índole. En una visita reciente, me di cuenta de que la mayoría de la gente que acude a este espacio son adultos que llegan en busca de los vestigios de la corrupción que reinó en México por 80 años. El aire se impregna de una curiosidad morbosa de personas que desean atestiguar con su propios ojos la perversidad, decadencia y corrupción de la clase política que ha hecho a México famoso por todo el mundo. Pero la verdad es que aparte de unos cuantos muebles no hay mucho que ver en los edificios. El vacío que está ahí lo llenamos con nuestra imaginación, fascinados por las historias de la Mafia del Poder (como AMLO llama a los partidos que gobernaron la nación), aquellos que residieron allí como una serpiente que cambiaba su piel cada seis años.

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Los Pinos, Ciudad de México. Foto: Álvaro Ramírez

Al final, nos quedamos con la sensación de que Los Pinos no es tanto un museo como un mausoleo donde la Revolución de 1910 descansa en paz, aniquilada por una dinastía de Presidentes corruptos cuyas estatuas están formadas a la entrada de las instalaciones.

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Los Pinos, Ciudad de México. Foto: Álvaro Ramírez

Hay una diferencia muy marcada. El Castillo de Chapultepec está lleno de historia para ver y aprender, allí experimentamos sentimientos de orgullo que nos revelan lo que significa pertenecer a nuestro país como mexicanos y mexicanas. Mientras que en Los Pinos nos abruma la vergüenza después de recorrer el lugar donde la corrupción residió y se desarrolló como un mal, una enfermedad que aún aflige en lo más profundo de su alma a nuestra nación.

 

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